Por el Día Mundial del Agua, que se celebra el 22 de marzo, alertamos de que, a pesar de los avances logrados en las últimas décadas, Europa y España siguen lejos de alcanzar un buen estado de sus aguas.
Hacemos un análisis sobre «Agua, biodiversidad y salud»: 25 años de la Directiva Marco del Agua y los retos pendientes en Europa y España.
Este año se cumplen más de dos décadas desde la aprobación de la Directiva Marco del Agua (DMA), un hito que transformó profundamente la gestión del agua en la Unión Europea. Frente a enfoques anteriores centrados únicamente en la cantidad y calidad del recurso, la DMA introdujo un cambio de paradigma: el agua pasó a entenderse como un elemento esencial de los ecosistemas acuáticos, integrando ríos, aguas subterráneas, de transición y costeras en las unidades de gestión: las demarcaciones hidrográficas. Más aún, se sentaban las bases para gestionar desde la comprensión del ciclo hidrológico y la importancia del agua para la vida y la salud y bienestar de las personas.
Sin embargo, más de 20 años después, los objetivos ambientales fijados siguen sin cumplirse ya que, sólo alrededor del 37% de las masas de agua superficiales alcanzan un buen estado ecológico y apenas un 29% un buen estado químico a causa de presiones que persisten, como la detracción de agua subterránea para regadíos, la contaminación difusa por nitratos y pesticidas, los vertidos puntuales, y nuevas causas como la contaminación que producen las sustancias y productos que empleamos cada día y de los procesos industriales que los producen. Así, las denominadas “sustancias emergentes”, derivadas principalmente de antibióticos, ansiolíticos, y cosméticos, que son reflejo del tipo de vida que llevamos, constituyen nuevas amenazas para la salud y el medio ambiente por sus propiedades mutagénicas y antidisruptoras endocrinas.
Las masas de agua también siguen experimentando alteraciones hidromorfológicas en sus cauces, o derivadas de la llegada de cenizas y sedimentos de los terrenos incendiados.
En este panorama, recordamos que los efectos del cambio climático, no sólo en términos de escasez sino de eventos extremos asociados como las inundaciones, agravarán la situación.
Las políticas sectoriales no pueden seguir obviando la necesidad de poner el agua en el centro de atención. Desde todos los sectores debe incrementarse los esfuerzos en aumentar la ambición en una gestión exquisita de este recurso.
Mas controles, más eficiencia, menos permisividad
Defendimos esta necesidad en la reunión celebrada en Ponferrada por un Pacto de Estado ante la Emergencia Climática de incrementar los controles sobre vertidos puntuales e instalaciones responsables de la contaminación difusa, de redefinir de forma urgente las zonas de flujo preferente tras las inundaciones, y de restaurar cauces y riberas con soluciones basadas en la naturaleza, recuperando la conectividad fluvial.
Así como la necesidad de que no sólo la industria y la agricultura, sino también sectores como la construcción, incorporen medidas de ahorro y uso eficiente del agua para no desperdiciar ni una gota de agua.
Caudales ecológicos y resiliencia hídrica
Una de las claves de la gestión del agua en nuestro país es garantizar caudales ecológicos para preservar ecosistemas, especies asociadas a ríos y humedales, y garantizar a su vez servicios ambientales. Y recuerda que las masas de agua tienen un papel esencial para aves acuáticas y hábitats: el 76 % de los tipos de hábitats de interés comunitario vinculados a zonas húmedas presenta un estado de conservación desfavorable y 36 especies de aves acuáticas invernantes en nuestro territorio están en declive.

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El agua, en el centro
Solicitamos que la gestión del agua se ponga en el centro de todas las políticas sectoriales. Asimismo, que los procesos de planificación hidrológica, incorporen más que nunca el principio de precaución, y que la Comisión Europea no modifique la Directiva Marco del Agua debilitando los mecanismos de control y prevención, aumentando los riesgos de contaminación y sobreexplotación tanto de aguas superficiales como subterráneas y comprometiendo funciones esenciales de adaptación frente a inundaciones y sequías extremas, cada vez más frecuentes e intensos en el actual contexto de crisis climática.






