“La naturaleza protege de forma preventiva: es como ir blindado antes de recibir el impacto” - SEO/BirdLife

“La naturaleza protege de forma preventiva: es como ir blindado antes de recibir el impacto”

Fernando Valladares, profesor de investigación del CSIC, en la revista “Aves y naturaleza”. Por Josefina Maestre

Un jardín que sobrevuelan estorninos, mirlos, petirrojos, gorriones y hasta buitres y grullas es el escenario en el que nos recibe Fernando Valladares. Es el científico de moda que con los vídeos divulgativos de su canal “La salud de la humanidad” ha conseguido que la sociedad entienda la conexión entre la naturaleza y la pandemia actual. Integrante del grupo de científicos más citados del mundo, son el cambio global, la biodiversidad, la ecología de la conservación y la restauración de los ecosistemas los mares en los que nada y bucea con total reconocimiento. Profesor de Investigación del CSIC y también de la Universidad Rey Juan Carlos, pone y transmite pasión en todo lo que hace, ya sea divulgar conocimiento, observar las aves, hablar de sus hijos o jugar con el viento.

Aves y naturaleza.Es usted un personaje dual, porque a su papel de investigador une la faceta de comunicador. ¿Resulta indisoluble el binomio?
Fernando Valladares. Yo realmente llego un poco tarde a la divulgación, pero llego con mucha ilusión. Siempre me ha gustado mucho la ciencia y poderla resumir. Admiro mucho, por ejemplo, de los físicos y los matemáticos, la capacidad de concentrar en una simple ecuación un comportamiento complejo. Esa capacidad de concentración y de condensación que tienen las ciencias clásicas, exactas, siempre me ha fascinado. Y la comunicación y la divulgación creo que es un poco eso: esa capacidad de reducir a la esencia una información, una pieza científica, un dato o una explicación. Es un ejercicio apasionante como persona y científico, así como muy necesario en una sociedad apabullada de información.

AyN. En estos momentos, ¿cuál es su trabajo principal dentro del CSIC y la Universidad?
F.V. Mi trabajo en general tiene que ver con los impactos del cambio global en los sistemas naturales. Por cambio global entendemos tanto el cambio climático como otros en los usos del territorio: abandono rural, transformación del paisaje, degradación… Toda esa serie de cambios que el ser humano hace a propósito o sin querer y que tienen un impacto en los sistemas naturales. Eso lo estamos siguiendo experimentalmente en determinados sitios, como el Parque Natural del Alto Tajo, donde llevamos quince años monitorizando el crecimiento de muchos árboles y el flujo de la savia o viendo la dispersión por aves o por mamíferos de distintas especies como la sabina; intentando entender el bosque y los ecosistemas en su conjunto, desde aspectos moleculares hasta otros ecológicos o fisiológicos, e intentar integrar la respuesta al cambio global de esos ecosistemas. Esa es, digamos, la joya de nuestra corona particular. Lo que más nos gusta hacer. Pero también nos relacionamos con otros colaboradores y científicos en otros temas.

AyN. Dentro de este cambio global, entra el hecho de que hemos cambiado el eje de inclinación de la Tierra, tal y como enfatiza en alguna de sus piezas informativas.
F.V. Me gusta poner ejemplos llamativos sobre la capacidad que tiene el ser humano de afectar al planeta, y esto de cambiar el eje de inclinación de la Tierra es un dato que hace años me llamó mucho la atención. Es un cambio muy ligero, debido a la construcción de una presa gigante de China, que varió el centro de gravedad del planeta y afectó un poquito al ángulo de inclinación. Esto nos da idea de la magnitud de lo que podemos hacer. Yo no trabajo en geofísica, pero me parece que nos pone mucho en contexto, igual que saber que somos el principal agente en la geomorfología. Movemos más sedimentos y material que el viento o el agua, y esto nos sirve para valorar la capacidad que tenemos de transformar el medio ambiente. No explotamos o extinguimos simplemente especies; podemos alterar procesos planetarios.

 

Fernando Valladares, en el jardín de su casa, observando aves. ©Josefina Maestre-SEO/BirdLife

 

AyN.¿Y es este cambio global el principal ingrediente de la era geológica recién estrenada que llamamos Antropoceno?
F.V. Sí, sin duda. Creo que es la definición del Antropoceno por excelencia. Es la era del cambio global, en la que el Homo sapiens, queriendo o sin querer, afecta a gran escala al entorno. A veces no somos conscientes de la magnitud de nuestros actos. Hablamos de ocho, nueve o diez grandes procesos planetarios que tienen que ver con el clima, con los procesos bioquímicos. Algo novedoso en la historia de la Tierra.

AyN.¿Es la actual pandemia provocada por la Covid-19 el primer efecto devastador y tangible del Antropoceno?
F.V. No es el primero, no será el último y no es el más devastador. Lo que sí tiene de récord esta pandemia quizá es cómo nos ha tocado la piel, porque mata directamente. Porque la muerte indirecta a través de eventos climáticos extremos no nos impresiona igual. La enfermedad actual nos ha hecho muy sensibles a cambios ambientales que de otra manera veríamos a cierta distancia, amortiguados por un concepto un poco abstracto como puede ser el cambio climático.

AyN.¿Nos puede dejar alguna lectura positiva la pandemia?
F.V. Claro. Sólo el mero hecho de provocar colectivamente la reflexión y un cambio ya es algo positivo. Este es un experimento a escala mundial que no hubiera podido pagar nadie. Ahora tenemos datos científicos de qué ocurre cuando se emite menos, cuando se invade menos los ecosistemas, y además nos ha hecho muy sensibles a otras alternativas, por ejemplo otra forma de ir al trabajo, a comprender que las cosas se pueden hacer de manera distinta, porque el modelo socioeconómico actual no es sostenible.

AyN.Por el contrario, ¿cuál es la peor evidencia que puede suponer?
F.V. Sobre todo, dejar patente lo pequeños que somos los Homo sapiens. La pandemia nos ha dicho muy claramente que hemos generado un problema y que somos completamente incapaces de gestionarlo, no solo en lo sanitario, sino en lo social, en lo económico y en lo psicológico. Nos ha hecho sentir lo vulnerables que somos. Y eso nos debe, una vez más, ir llevando de forma gradual, natural y honesta a un cambio, un cambio de actitud, un cambio social.

AyN.El año 2020 estaba previsto que pasara a la historia, al menos dentro de la esfera ambiental, como el Año de la Biodiversidad. ¿Se ha perdido una gran oportunidad?
F.V. Más que perder una gran oportunidad, yo diría que, con la ola del tsunami, nos ha pasado por encima una tremenda realidad y ha puesto a la biodiversidad en un segundo plano, cuando es verdad que era el año de la biodiversidad por derecho propio. La biodiversidad es fuente de satisfacción, de riqueza y de preocupación por su degradación. Cada vez somos más conscientes de la función clave que hace no sólo en los ecosistemas, sino en nuestra propia vida. Uno de los esfuerzos que hemos hecho bastantes investigadores en estos meses de pandemia ha sido precisamente poner a la biodiversidad en el centro de muchos de los problemas que estamos sufriendo. Uno de los desafíos interesantes y sugerentes que tenemos es dar a la biodiversidad una nueva lectura. Decir, señores, ¿se dan cuenta de lo que nos está pasando por no tener la biodiversidad en su grado justo, por no tener bien los ecosistemas?

AyN.¿Actúan los políticos en función de lo que dictan los científicos?
F.V. Hemos hecho un montón de comparecencias en el Congreso y en el Senado, y en algunos casos se han implementado algunas leyes, pero realmente no hay una relación directa entre el aporte científico y la decisión política. Es de las cosas más frustrantes: a veces se nos hace caso y otras veces no. Depende de las coordenadas geopolíticas y las circunstancias de actualidad, de los plazos de acción y del totum revolutum que invade a la política, y en el que se intentan contemplar muchas miradas y contentar a todo el mundo. En todos los países cuecen habas, pero la falta de transparencia, de coherencia y de ética profesional de la política en general en España nos hace ir muy, muy en el furgón de cola en el progreso y en los cambios.

 

Fernando Valladares en su estudio de grabación. ©Josefina Maestre-SEO/BirdLife

 

AyN.2020 representa el final de la declarada por Naciones Unidas Década de la Biodiversidad, que debía detener la pérdida de diversidad biológica y conseguir ecosistemas resilientes. Una meta, ¿en qué grado conseguida?
F.V.Muy poco conseguida. Mira que yo soy de los que les gusta ver el vaso medio lleno y siempre intento dar una pincelada de optimismo, pero no se han conseguido los objetivos ni de lejos. Europa ha sacado hace unos meses una propuesta que reconoce de una forma muy amable que se ha fallado bastante en la política europea e internacional a la hora de detener la pérdida de biodiversidad. Es una batalla difícil pero no hay que darla por perdida. Nos han tirado de las orejas en Europa, y España podría recibir unas multas muy significativas por no estar cumpliendo bien la protección de los espacios de la Red Natura 2000. Fuimos muy ambiciosos como país, pusimos casi un tercio del territorio nacional en determinados grados de protección, pero luego hay que estar a la altura del órdago que lanzas y proteger activamente. Hemos hecho cosas con buena intención que no han salido, y también hemos avanzado en otras. Pero el objetivo, precioso y muy necesario, no lo doy por perdido, aunque me preocupa que todo esto pueda generar desmotivación en la sociedad.

AyN.Cuál es el papel o los mecanismos que utiliza la biodiversidad para hacer frente a enfermedades como la que ha provocado esta pandemia?
F.V. La naturaleza es como una vacuna que nos protege de los patógenos, pero tiene pros y contras: te protege de todos pero no al cien por cien. Mientras, la vacuna real, la médica, sólo te protege ante un patógeno, y encima ese patógeno puede mutar, y entonces ya no es tan eficaz. Ojalá tuviéramos una vacuna que nos inmunizara ante todos los virus, y otra ante todos los hongos o ante todos los protozoos infecciosos, pero no la hay. Por el contrario, la naturaleza sí tiene esa función de protegerte ante todos, y además de forma preventiva, no reactiva; es como si vas blindado antes de recibir el impacto. Respecto a cómo lo consigue, básicamente hay tres mecanismos. El más general e intuitivo es el del control demográfico de la especie portadora. Pensemos que en un ecosistema en el que hay diversidad de especies que interaccionan se establecen todo tipo de relaciones, que hacen que la especie o las especies que portan un patógeno estén reguladas demográficamente. Si empiezan a perderse esas otras especies, de pronto la que alberga el patógeno puede escapar al control demográfico y generar un problema, y puede haber un riesgo mayor de que llegue a la especie humana. Lo hemos visto con el lobo en Asturias, cuya ausencia hace que el jabalí, sobre el que depreda, tenga más tuberculosis animal.

AyN.¿Cuáles son los otros dos mecanismos?
F.V. Hay dos mecanismos más que tienen que ver con la diversidad genética, dos formas en las cuales la carga vírica se diluye. Uno de ellos se llama de dilución. Imaginemos que coexisten muchas especies parecidas a aquella a la que le va bien al virus, por ejemplo un roedor determinado. Si hay varias especies de roedores y de otros pequeños mamíferos similares a esos roedores que coexisten ahí, que comen más o menos lo mismo, que viven en un hábitat parecido y que de alguna manera compiten, todas pueden llevar un poco el virus. Esto se ha visto, por ejemplo, en las zarigüeyas y los ratones en la costa de Estados Unidos, en ecosistemas templados, y en más sitios con diversidad de aves y el virus del Nilo. Cuando hay muchas especies parecidas, aunque no todas igual de buenas para el patógeno, se diluye la carga vírica, y de esta forma el riesgo para saltar a la especie humana también es menor. Las especies actúan de cortafuegos.
El tercer mecanismo tiene que ver con la variabilidad genética dentro de una especie, que también es muy valiosa. No en vano es el motor de la evolución. La diversidad genética es la forma básica de la naturaleza de resolver problemas, de evolucionar, de buscar alternativas. Esa diversidad genética también diluye el riesgo. Lo estamos viendo con el virus en las personas, pues no hay dos personas que padezcan igual el coronavirus, que tengan los mismos síntomas, en parte por la edad o por el estado de salud, pero en parte también por una variabilidad genética. Tenemos, por tanto, tres formas –control demográfico, dilución y amortiguación–, por las cuales la diversidad es la mejor vacuna, y es, además, preventiva. No resulta eficaz al cien por cien, pero nos previene ante todos los patógenos de forma constante las 24 horas del día.

A.yN.Ejercen las aves algún papel especial en la protección de los seres humanos frente a virus o zoonosis?

F.V Si. Podemos poner un caso muy concreto, aunque habrá muchos más. La enfermedad del virus del Nilo es un ejemplo interesantísimo, puesto que estaba generando encefalitis en la especie humana en Nueva York y los médicos se estaban volviendo locos intentando entenderla. No eran muchísimos casos, pero sí muy graves. En paralelo, se vio que las aves, tanto de zoológicos como silvestres, tenían una afección vírica que los científicos finalmente conectaron con la enfermedad humana. No se lo podían creer, era el mismo virus. El siguiente paso fue empezar a ver cómo la diversidad de aves atenuaba una vez más, por los mecanismos que hemos dicho antes, notablemente el riesgo de que el virus del Nilo pasara a la población humana. Se observó claramente que nos interesa tener muchos pájaros diferentes que coexistan y que se repartan el virus entre ellos. Algunos lo atenúan, otros lo matan, otros lo tienen pero no lo pasan.

AyN.¿Le proporcionan las aves algún tipo de aprendizaje o disfrute especial?
F.V. Me fascinan de las aves dos cosas desde pequeñito. Por un lado, me encanta y me sorprende que vuelen. He volado en parapente, muchas veces alrededor de buitres, y ves que el buitre te mira y parece que se esté riendo de ti; no necesita un barómetro para ver dónde está la térmica. Me parece fantástica la parte aerodinámica y física del vuelo, desde el sostenido de un colibrí hasta el planeo de los buitres o de un albatros. Y, por otro, también me fascinan la diversidad de colores y los cantos.

AyN.Más del 70% de las infecciones emergentes de los últimos cuarenta años han sido zoonosis. ¿Cómo será la proyección en el futuro?
F.V. Habrá más pandemias, más frecuentes y más intensas. Indudablemente, algo estamos aprendiendo de esta y de lo que nos ha pasado en los últimos diez o quince años con gripes aviar y porcinas, y el ébola; no sólo desde el punto de vista sanitario, sino también respecto a causas últimas. Ahora bien, la traducción de las causas últimas en acciones para evitar riesgos todavía es muy tímida porque entra en conflicto directo con el sistema socioeconómico. Tenemos mucho margen de mejorar, pero es un tema de voluntad, y el ser humano, aunque sabe, no quiere hacer las cosas bien. Esto es como una sesión de psicología, tumbados en el diván, y ver por qué el paciente no quiere curar su problema.

AyN.Aparte del ser humano, ¿son el resto de especies más vulnerables ahora a nuevos patógenos?
F.V. Los animales siempre se han estado contagiando cosas, lo que está cambiando es el tipo de cosas que se contagian. Por ejemplo, en el caso de la tuberculosis animal. Cuando tú eliminas a un predador, el control de la población predada lo hace el patógeno. Pero cuando hay predador, el animal predado tiene menos carga vírica, menos carga del patógeno, menos enfermedad, y al tener menos enfermedad, contagia menos a otros animales. Por ejemplo, cuando no hay lobo, los jabalíes tienen más tuberculosis animal, pero no hay más jabalíes; curiosamente, hay los mismos, porque es el virus el que los regula. Pero cuando la cantidad de jabalíes la regula el lobo, tienen menos virus. Estamos simplificando los ecosistemas; quitamos especies que cumplen una función de regulación, y se producen unos contagios que antes no se daban. Sería muy difícil saber si hay más contagios y más pandemias en el mundo animal, pero lo que sí está claro es que está habiendo más de las que nosotros conocemos.

AyN.En España tenemos una ley de cambio climático en proceso de aprobación. ¿Qué opinión tiene al respecto?
F.V.He estado siguiendo la ley como un parto lento, y tengo muchas opiniones tanto técnicas como emocionales. La ley es imprescindible, pero insuficiente. Llega tarde, pero mejor tarde que nunca, y tenemos que aprender a quererla con todas sus limitaciones. Indudablemente ya parte con la mitad de las ambiciones de emisiones que haría falta, y eso está reconocido por la propia Teresa Ribera. Si la cumplimos, estaremos emitiendo el doble de lo que tendríamos que emitir. No me extraña que los ecologistas se corten las venas después de tanto trabajo, tanto esfuerzo, tanta movilización… El marco conceptual es fantástico, y es una de las primeras leyes con una ambición temporal amplia de décadas, pero hace aguas cuando lo atornillamos a la realidad de hoy. Creo que la ministra es una persona honesta y muy comprometida, pero su voz es una, y hay más voces, y finalmente lo que se hace es lo que resulta de la negociación con otros ministerios, con otras sensibilidades, y se le cuelan otras prioridades. Ahora mismo hay grandes desafíos y urgencias; hay que preguntarse qué hacer con las limitaciones del medio ambiente transferido a las autonomías, o con esta crisis económica por delante, intentando entender la complejidad de todo.

AyN.Para finalizar, ¿hay alguna cosa de la que te apetezca hablar especialmente?
F.V. Hay una cosa que me ilusiona mucho, y es mi próximo libro (jajajaja). He escrito muchos, la mayoría científicos, pero este es el primero para un público amplio, y me tiemblan un poco las piernas. Trata de la relación entre la salud de las personas, los animales y los ecosistemas. Espero tenerlo en un año.

Entrevista publicada en el número 32 de la revista Aves y naturaleza, de SEO/BirdLife

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